“Vamos a ver, Winston, ¿cómo afirma una persona su poder sobre otra?

Winston pensó un poco y respondió: —Haciéndole sufrir.

—Exactamente. Haciéndole sufrir. No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infligir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti. ¿Empiezas a ver qué clase de mundo estamos creando? Es lo contrario, exactamente lo contrario de esas estúpidas utopías hedonistas que imaginaron los antiguos reformadores. Un mundo de miedo, de ración y de tormento, un mundo de pisotear y ser pisoteado, un mundo que se hará cada día más despiadado. […]. No habrá lealtad; no existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano. No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano… incesantemente.”

Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano…incesantemente.”

En este fragmento de 1984, Orwell habla del camino que les espera a lxs herejes, lxs enemigxs de la sociedad. Siempre va a estar ahí la cara para pisotear, para ser derrotada y humillada una y otra vez. Pasan los años y la historia se repite para lxs mismxs, aquellas personas que viven acá al lado nuestro, pero que su vida parece que vale menos que la nuestra.

Facundo Ferreira, de apenas 12 años, iba de acompañante en una moto junto a un amigo. Sólo eso le valió un disparo  en la nuca propinado por un efectivo de la policía de Tucumán. Cuando su familia al fin pudo ver el cuerpo (resguardado durante una hora por las mismas fuerzas que lo acribillaron) sus caras se deformar del horror: Facundo no sólo recibió un tiro en la nuca (que le salió por la frente), sino que -además- su cuerpo presentaba una enorme cantidad de marcas de balas de goma, así como la marca de una bota en la cara del joven, denotando que fue pateado y pisoteado por lxs oficiales.

A esta altura no cabe preguntarnos en qué mundo vivimos: vivimos en el mundo de pisotear o ser pisoteadx.

Una bota de taco pesado grabada por toda la eternidad en el cuerpo de un niño de 12 años. A esta altura no cabe preguntarnos en qué mundo vivimos: vivimos en el mundo de pisotear y ser pisoteadx. Porque a pesar de que las primeras pericias negaran que Facundo tuviera pólvora en sus manos, la segunda dio positivo: “Y bueno, pobre la abuela, se hubiera fijado con quien se juntaba su nieto”, leo en un comentario de Facebook. También veo gente compartiendo un video de hinchas entrando al Atlético de Tucumán a los tiros con el féretro (de Facundo), después de haber amenazado a las autoridades de la institución: “Qué amigotes tenía el chico ese, eh”, dicen. El video no era del funeral de Facundo, pero eso no importa.

La policía de Corrientes tiene un amplio prontuario de gatillo fácil, torturas y muertes misteriosas en las comisarías. El caso que quedó marcado en lxs vecinxs del barrio Pio X fue el de Exequiel Riquelme, quien con 14 años fue asesinado el 6 de septiembre del 2010 durante un operativo policial. El chico estaba yendo a jugar a la pelota con sus amigos al campito del barrio después de salir de la escuela. En eso, ve que unos policías lo señalan y se abalanzan hacia él. Entonces tira la pelota y corre. Un vecino que lo conocía le ofrece entrar a su casa ubicada en pasaje Las Flores. El chico fue detenido en el pasillo de “Las flores”. Su tío contó: “Eran como doce policías los que entraron a la casita y lo vieron arrodillado en el piso, temblando. Lo rodearon, le dijeron que ponga las manos detrás de la cabeza y le dispararon sin razón. Exequiel nunca había tenido un arma entre sus manos”.

Exequiel fue trasladado en un patrullero al Hospital Escuela, en donde le extrajeron 13 perdigones de goma del cuello, los cuales le fueron propinados por una escopeta calibre 12,60 tipo Itaka. Nadie en el barrio entendió el ensañamiento hacia Exequiel por sobre los demás chicos que jugaban con él. Nadie pudo entender bien qué es lo que pasó en ese pasillo donde doce hombres armados se enfrentaron a un chico indefenso y le metieron 13 perdigones. Nadie parece saber bien por qué pasó, ni siquiera el policía Julio Maldonado, principal acusado, ni sus compañeros que estaban ahí, ni la Dirección de Investigación Criminal. Todos los efectivos reconocieron la escopeta calibre 12,60 tipo Itaka que mató a Exequiel, todos coincidieron en su relato, sin embargo nadie pudo dar una razón a los repetidos disparos en el cuello del menor sólo por confundirlo con un delincuente.

A Maldonado le dieron la condena mínima de 5 años: “Me asusté”, dijo. En su sentencia, se habló de “imprudencia”, de “negligencia”, de que “no tomó los recaudos necesarios”. El tribunal oral no reconoció, como decía la familia de Exequiel, que Maldonado actuó con dolo (intensión de matar). El policía hoy está en libertad tras haber cumplido dos tercios de la pena impuesta. Exequiel, sin embargo, es otro chico de barrio asesinado por la policía; otro que, si bien no era el ladrón de carteras que estaban buscando ese día, cumplía perfectamente con la descripción: tenía “actitud sospechosa”, era pobre y salió a correr.

Esx que va ahí, en la parte de atrás del camión del progreso, parecería no cambiar nunca, mientras que la camioneta va a las chapas hacia un futuro que sólo los de la cabina pueden ver.

La tarea de las fuerzas armadas de identificar a lxs enemigxs de la sociedad se vuelve difícil a veces, porque son muchxs lxs que cumplen con la misma descripción. Nunca vimos a un político esposado en la parte de atrás de la camioneta de la policía. Lxs que van atrás son siempre lxs mismxs: algunxs van contentos sentadxs en la parte de atrás de la camioneta nuevita que se compró su patrón; otrxs van golpeadxs y esposadxs en la camioneta de la policía; a veces es la empleada yendo a limpiar la casa quinta del jefe por unos pesos más. Probablemente ningunx de ellxs sepa muy bien a dónde va, expuestxs a los elementos, de espalda al camino, desfilando para la gente de las veredas que siempre mira cuando pasa una camioneta con alguien atrás. Esx que va ahí, en la parte de atrás del camión del progreso, parecería no cambiar nunca, mientras que la camioneta va a las chapas hacia un futuro que sólo lxs de la cabina pueden ver.

¿Qué hace un policía si no hay delitos? ¿Qué hace un gendarme sin narcotráfico? ¿Cómo alcanzar la victoria sin derrotadxs? Para ganar, alguien tiene que perder. Hay una relación de necesidad del ganador hacia el perdedor. O perdedorxs, porque el ganador gana siempre, por ende necesita que siempre alguien pierda. Como ayer, hoy y mañana, alguien tiene que sentirse superado, adelantado, porque sino no puede afirmarse como la figura victoriosa de la escena. El consuelo del ganador es que siempre va a tener al que perdió llorando de dolor, destrozado, despreciable y, al final, arrastrándose a sus pies por su propia voluntad.

En el discurso corriente se critica siempre la violencia o el uso de la fuerza como medio para expresar cualquier tipo de reclamo y, a la vez, se reivindica constantemente “la mano dura” por parte de las fuerzas para “mantener el orden”.

Es ese el mundo que estamos preparando, un mundo de victoria tras victoria, de triunfos sin fin, una presión constante sobre el nervio del poder. Ese nervio que se encarga de que no existan igualdad de condiciones en relación con las fuerzas de seguridad. Vivimos en un mundo donde es natural ver policías con su “reglamentaria” en todos lados, como cuando en una manifestación con bombos y carteles se presenta un escuadrón de fuerzas especiales con armas de alto calibre, escudos y protección en la cabeza que impide saber su identidad (o si son humanos). Está totalmente aceptada esta disparidad de fuerzas, pero la agresión parece sólo importar cuando viene de mano de los civiles.

En el discurso corriente se critica siempre la violencia o el uso de la fuerza como medio para expresar cualquier tipo de reclamo y, a la vez, se reivindica constantemente “la mano dura” por parte de las fuerzas para “mantener el orden”. Naturalizamos ver cuerpos desnudos enfrentándose a miembrxs de la fuerza que van acorazadxs, armadxs y entrenadxs para reducirte, pero también para hacerte sufrir. La función de las fuerzas sobre los enemigos de sociedad está clara: hacerles sentir la institución en lo más profundo de su ser. Se te meten hondo, directamente desde afuera hacia adentro con golpes internos (patadas, piñas, culatazos), mientras que moralmente te destrozan con insultos.

Con la doctrina Chocobar pareciera abrirse una nueva época para la policía, en donde el ensañamiento en cumplimiento del deber (que mata y continúa disparando después) es el camino de la justicia.

Penitenciarías, comisarías y centros de instrucción policial o militar: todos comparten la tarea de reducir lo humano a un juego de dominio. La lealtad no la tenés que tener más hacia tu familia o tus valores como persona, sino al que esté al mando. Lo divertido o lo placentero no tiene nada que ver con lo que sos en ese momento, a menos que sea una risa satisfactoria al derrotar al enemigo. La emoción de la victoria es el único placer permitido, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso es el disfrute final en la sociedad orwelliana.

Con la doctrina Chocobar pareciera abrirse una nueva época para la policía, en donde el ensañamiento en cumplimiento del deber (que mata y continúa disparando después) es el camino de la justicia. Policías/jueces/justicierxs que patrullan incluso cuando no están uniformados, disfrazados de personas comunes se pasean enchumbados por la ciudad. Otro cuadro de nuestra distópica realidad en la cual, en nombre del orden y el progreso, se relegan derechos a de lxs de abajo.

Para terminar este relato de “choques” entre lxs cuerpxs y el sistema, quiero dejar una partecita de la carta de la abuela de Facundo, que ilustra nuestra triste realidad orwelliana:

“La versión oficial vino acompañada por un cordón policial, porque “íbamos a generar problemas”. Y entonces inmediatamente fuimos a la Comisaría 1ª, donde nos dijeron que los agentes ya estaban detenidos. Éramos dos mujeres y ellos un montón de hombres, apuntándonos con itakas. Nos ocultaron información y nos sacaron zamarreándonos de los brazos. Ahora, el barrio está lleno de patrullas y, mientras dejo caer estas palabras como lágrimas, comienza una razia en la otra cuadra, bajo la mira de un helicóptero policial que sobrevuela la zona”.

 

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