Hay, en los márgenes de la ciudad de Corrientes, espacios-otros: lugares donde se hibridan urbe y campo, y donde se exhiben con retorcido esplendor los despojos del capitalismo. En el extremo opuesto a la Costanera, del lado donde nace el sol (como en esta mañana, que despunta entre nubes leves), un niño juega con una bicicleta destartalada en el final de una calle de tierra y sin nombre, en el borde del barrio Piragine Niveyro, inserto entre el Aeropuerto y el Molina Punta. El barro ya ha secado pero quedan impresas las huellas de perros y caballos, de personas y motos. El viento, en su intermitencia, arremete y agita las lonas transparentes que cubren los sembrados de las casas de lxs vecinxs que se han organizado en la Cooperativa Yvy Maraney (en guaraní: Tierra Sin Mal).


Vecinas y vecinos que se organizan y producen alimentos orgánicos en sus casas para luego venderlos en las ferias barriales o a pedido: auténtica autogestión.

Pedro fue uno de los primeros pobladores de esta parte del barrio: cuando tenía 14 años vino con su padre, Pablo, al modesto rancho que había instalado, y juntos construyendo un obraje y una huerta: “Queremos trabajar. Nosotros pedimos tierra pero para trabajar. Otra cosa no, no es para venderla después sino que es para juntarnos y ponernos a laburar y que al mediodía podamos llevarle un plato de comida a nuestras familias”,  nos dice Pedro al mostrarnos su cuadra, a la que volvió hace unos años luego de viajar por el noroeste argentino y sentir la explotación patronal de las forestales. Pablo sumó a Pedro a la cooperativa que se venía organizado entre vecinxs, en ese entonces dentro del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), del que hoy en día están distanciadxs.

En la vida cotidiana, en televisión o por la radio siempre podemos oír a alguien decir livianamente: “La gente es pobre porque quiere, le gusta que les venga “todo de arriba”, le regalen todo, cobran planes entonces no les interesa trabajar. Lxs compañerxs de la Cooperativa Yvy Maraney -que sólo salen por los medios si movilizan con otras orgas en el centro- son la antinomia de ese lugar común: ganas de trabajar tienen, lo que no tienen son oportunidades. Vecinas y vecinos que se organizan y producen alimentos orgánicos en sus casas para luego venderlos en las ferias barriales o a pedido: auténtica autogestión. Pero como su producción es relativamente pequeña sólo pueden vender sus productos a clientes particulares, por eso su principal objetivo es contar con tierra suficiente para poder producir más: piden nada más una una hectárea (10 mil metros cuadrados) de tierra para trabajarla.

El trabajo que llevan adelantes lxs vecinxs nucleados en la Cooperativa está pensado desde la soberanía alimentaria, donde cada comunidad busca definir sus propias políticas alimentarias y agrarias, lo que implica tener el poder de desarrollar estrategias para proteger el mercado interno privilegiando la producción doméstica de alimentos frente a la importación de los mismos. En países como Bolivia esto es una práctica común, reconocida estatalmente, fundada en anteponer las necesidades del pueblo frente a las de los mercados. En el contexto argentino (y en especial el correntino) esta es una práctica revolucionaria: “Sabemos -dice Pedro- las semillas que estamos usando y las verduras que estamos comiendo, sabemos que no nos va a enfermar porque son naturales. Por ahí vos te compras una verdura que parece hermosa pero está llena de químicos y te termina enfermando. Yo prefiero comer mi verdura, así chiquitita pero sana”.

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Si la viéramos desde arriba (en cenital), la casa de Guillermina quedaría en el extremo izquierdo de una rudimentaria cuadrícula: una zanja y un zanjón forman una ele invertida que contornea los límites de este territorio, poblado hace más de 30 años. Hacia el Norte y el Este, de inmediato, tierra deshabitada: monte y oxidadas alambradas inclinadas por el tiempo. Hacia el Oeste, al cruzar la calle sin nombre, un amplio baldío, mancillado por cúmulos de basura plástica. Más allá, a siete cuadras, está la avenida Las Violetas y, a 13 kilómetros, el centro. Hacia el Sur, la sinuosa curvatura de la ruta nacional 12.

“Nosotras queremos un pedazo de tierra para trabajar: para producir más porque hoy tenemos nuestras huertas y viveros en nuestras casas”, dice Guillermina mientras sus gallinas se pasean cacareando. Ella es una de las referentes de la Cooperativa Yvy Maraney: “Somos más mujeres que hombres. La mayoría son familias con hijxs: o trabaja una o trabajan ambos”.


Una verdura que es trabajada y elaborada sin químicos cuando la consume una persona no le está haciendo mal a su salud. 

Hace cuatro años que Guillermina forma parte de Yvy Maraney: “Hicimos capacitaciones, aprendimos muchas cosas que antes no sabíamos: cómo trabajar la tierra, cómo cuidar las plantas y verduras, cuánto tiempo tiene que estar la verdura, cuánto tiempo de desarrollo lleva estar para consumo. Las plantas, por ejemplo, hay que tener en cuenta cuáles son para el frío, cuáles son para el calor, cuáles pueden estar afuera y cuáles no”, explica mientras acomoda los plantines del vivero que instaló en uno de los recodos de su terreno: hay plantas ornamentales, aromáticas, especias y yuyos para el mate.

En lo que alguna vez  fue recipiente para helado de tres gustos, ahora Guillermina coloca cuidadosamente uno por uno los 12 huevos que ha decidido obsequiarnos. Los suelen vender en las ferias pero ese día -que llegaba a su mitad- nos los dieron gratuitamente, dejando que veamos que, más allá de la inevitable mercantilización, para ellxs el fruto de su trabajo es algo más que un bien adquirible, un mero valor de cambio.  “Los alimentos no agroecológicos contienen químicos y eso hace mal a la gente. Una verdura que es trabajada y elaborada sin químicos cuando la consume una persona no le está haciendo mal a su salud. Lo mismo los huevos caseros, contienen muchas más vitaminas, más que uno comprado de un almacén. La gente busca eso”. 


Los echaron con topadoras: agentes armados, acorazados con casco y  escudo protegían el brazo mecánico que destruía las casas de materiales y los ranchos de machimbre.

En asamblea, junto con otrxs compañerxs, Guillermina y Pedro decidieron ocupar un pedazo del terreno colindante: sólo lo suficiente como para poder producir alimentos para el autoconsumo y la comercialización. La toma fue un sábado de Julio: llegaron a la mañana, comenzaron a cavar pozos para colocar los palos y luego el alambre, materiales que habían comprado con el aporte colectivo. La policía no tardó en llegar. Primero dos agentes en un patrullero, después un operativo con perros y grupos especiales: “Nos decían -cuenta Pedro- que esa tierra era de ellos, que se la habían donado a la policía. No nos mostraron ningún papel, ni la orden de desalojo, en cambio nosotros teníamos un permiso de la Municipalidad, pero decidimos salir por buenas porque ellos vienen y te arrancan todo, te lo llevan y ahí perdés todo el esfuerzo que todos los meses hacemos juntado plata para poder comprar esos palos y ese alambre que los policías llevan gratis”.

Veinte días después, la policía desalojaba a otrxs compañerxs de Guillermina y Pedro que habían ocupado hacía casi dos años un terreno en La Tosquera (en el extremo suroeste de la ciudad, casi en la costa del Río Paraná).  La madrugada del 4 de agosto el grupo de infantería bajo de sus trafic negras y con itakas y tonfas comenzaron a reprimir para desalojar a 25 familias, sin exhibir ninguna orden. La represión duró hasta la mañana cuando cortaron los alambres y defensas que cercaban los sembrados de la Cooperativa. Los echaron con topadoras: agentes armados, acorazados con casco y escudo protegían el brazo mecánico que destruía las casas de materiales y los ranchos de machimbre. Arrasaron con todo, incluso una mujer policía se abalanzó reiteradas veces sobre la casilla que habían instalado para guardar sus herramientas, con el fin de derribarla.

“En la Tosquera teníamos un pedazo de tierra donde habíamos plantado y una casilla. Después hicimos una asamblea y decidimos a alambrar, nos fuimos con las compañeras y limpiamos todo  para plantar. Se empezó a limpiar todo para poder trabajar y vinieron los policías así nomás y empezaron a desalojar a todos los vecinos que estaban alrededor de donde habíamos alambrado, porque había muchos que agarraban y querían vender los terrenos  y eso nos jugó en contra seguramente pensaron que como estábamos alambrando y limpiando también íbamos a lotear y vender. El angaú dueño de esa tierra dice que son parte de Santa Catalina y que ahí van a hacer cosas pero de acá a cuánto años. Le pedimos un acuerdo para trabajar ahí hasta tal año o tal fecha. No le decimos que nos regalen, sólo que nos presten y el día que venza el plazo nos vamos. Pero ellos no”.

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Mientras crece la pobreza y la miseria en todo el país, lxs campesinxs nos esforzamos y trabajamos para proveer de alimento sano y barato a las ciudades, pero en vez ser apoyados por los gobiernos de turno somos reprimidos y desalojados de nuestras tierras.

Hoy la Cooperativa Yvy Maraney continúa trabajando con lo que tienen y como pueden, manteniendo una organización asamblearia. El tipo de trabajo que realizan y la propuesta ecológica que proponen representa, en la sociedad capitalista en la que vivimos, una alternativa  a los mercados y al modelo económico agroexportador, que explota la tierra, dañándola con toxinas para producir en masa los alimentos que consumimos a diario de las góndolas frías de los supermercados.

En Corrientes el Estado basa su modelo de crecimiento económico en potenciar la industria forestal y el turismo para ricos: expandiendo el área de cultivo artificial de pinos y eucaliptos o impulsado un “plan costero” de construcción de costosos edificios sin habitantes en propiedad pública, es por esto que formas de resistencia como las que se practican en la Yvy Maraney son una confrontación y entonces la represión policial se vuelve una permanente posibilidad.


A los políticos no le pelamos nosotros, no queremos saber nada. Muchas veces le pedimos y nos cierran las puertas. En temporada de elecciones aparecen todos: ganó y ni te conocen después.

Los desalojos son una práctica sistemática del gobierno de Corrientes: sólo entre 2018 y 2019 en la provincia 263 familias fueron desalojadas por la policía. 14 desalojos en total, 9 de ellos en Capital, según el Observatorio de Conflictos Sociales del NEA – UNNE. El más grave ocurrió también en agosto pasado, cuando la policía y ua grupo de choque parapolicial echó a 30 familias que habían tomado unas tierras en el barrio San José Obrero, en la localidad de Santa Rosa: les incendiaron las casas. Los desalojaron para poder plantar pinos. Esa gente había empezado a cultivar la tierra orgánicamente y, a través de la Federación Campesina Guaraní, se vincularon a Yvy Maraney: el 12 de septiembre marcharon juntxs hasta Casa de gobierno y, mientras dentro se reunía la mesa foresto-industrial, denunciaron: “Mientras crece la pobreza y la miseria en todo el país, lxs campesinxs nos esforzamos y trabajamos para proveer de alimento sano y barato a las ciudades, pero en vez ser  apoyados por los gobiernos de turno somos reprimidos y desalojados de nuestras tierras. Todas las iniciativas del gobierno provincial estás puestas en apoyar a las empresas extranjeras a seguir expandiendo sus plantaciones forestales”.

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El 19 de septiembre, en las vísperas de una nueva primavera, se oficializó la entrega de tierras a la comunidad guaraní de Yahaveré tras 10 años de lucha contra la empresa Haciendas San Eugenio SA. Ante la amenaza de un terraplén, la conocida defensa del ecosistema lagunar terminó en un triunfo por parte de la única comunidad aborigen de Corrientes reconocida por el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas. Gran derrota de los intereses capitalistas en una de las puerta de acceso a los Esteros del Iberá: la presa a la que, sigilosamente y camuflado de proteccionismo, aguarda introducir en sus fauces. 

“La única forma de que nos escuchen es movilizar”, afirma Pedro. Lo aprendió de negociar con funcionarios políticos en interminables gestiones por recursos materiales para la cooperativa. “A los políticos no le pelamos nosotros, no queremos saber nada. Muchas veces le pedimos y nos cierran las puertas. En temporada de elecciones aparecen todos: ganó y ni te conocen después. No pé. Los políticos sí o sí te versean por eso con los políticos ni un trato, incluso yo ni me voy a votar: porque ellos no nos dan nada, al contrario, en vez de darnos nos sacan”.

Yvy Maraney, la “Tierra Sin Mal”, es utopía ancestral y realidad en devenir, es la prueba de que la libertad se consigue luchando de un mundo sin químicos ni toxinas: sin explotación ni dueño ya existe, crece en los bordes de este resquebrajado capitalismo en descomposición.

Nadie dio una respuesta a los dos desalojos que padecieron lxs militantes de la cooperativa ni tampoco una respuesta a su pedido de tierras para producir alimentos agroecológicos. Pero allí están con sus huertas y viveros: existiendo, resistiendo. “Nosotros le pedimos un pedazo de tierra: quién va a ocupar ese campo, hace cuánto años está así y no son capaces de darle a la gente que quiere producir”. Yvy Maraney, la “Tierra Sin Mal”, es utopía ancestral y realidad en devenir, es la prueba de que la libertad se consigue luchando: un mundo sin químicos ni toxinas, sin explotación ni dueño se está construyendo, crece en los bordes de este resquebrajado capitalismo en descomposición.

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