Cuerpos que narran.

La frase no es mía.  La escuché en una entrevista a Maite Amaya. Decía así: “una militancia que se registra; que se hace carne, que escribe, que narra: cuerpos que narramos; que hablamos dentro de un cuerpo social y que en definitiva termina agrietando esa percha que tiene sujeta al cuerpo social  y que no la deja moverse…”

De la narrativa corpórea de Silvia -una travesti que en 2012 murió en la cárcel para hombres condenados de Corrientes- llegan susurros: una carta, la evocación de un testigo, un fallo judicial, un número de documento, un nombre masculino. Y una tétrica imagen del aislamiento.

Silvia tenía perpetua. Silvia tenía Sida. Silvia tenía casa. Silvia tenía familia.

Y en la unidad penal 1 el cuerpo -¿o será mejor decir: la cuerpa?- de Silvia narró hasta claudicar sin cumplir los 30 años.

…Soy travesti tengo VIH (Sida)  y en este lugar no me respetan como persona me están discriminando por lo que uso de ropa por mi enfermedad y no me dejan hacer mi vida como yo me quiero sentir que es la única manera que me pueda sentir bien…

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El 18 de mayo de 2009 el Superior Tribunal de Justicia dejó firme la sentencia a prisión perpetua por la cual Silvia había sido condenada como coautora. El otro condenado es D.A.B., quien era su pareja por entonces: él sigue preso en la 1. El veredicto: ambos -en 2008-  asesinaron a un hombre durante un robo en Bella Vista. Silvia tenía 25.

El viejo presidio de avenida 3 de Abril –y sus muros que impiden ver al puente Belgrano elevarse sobre el río Paraná- fue hogar y marco de esa carne travestida durante tres años: los últimos en el plano biológico.

“Hablé poco con Silvia”, advierte a CaraTapada un ex compañero de cárcel, que ya libre se consagra a la pintura.  “Era –dice- una persona torturada con el recuerdo de su crimen. Agobiada con la imagen del gente que había matado junto a su cómplice. Quizás ese sufrimiento y la penuria del encierro acabo con ella”.

En febrero de 2012, Silvia escribió:

…Lo único que hacen  es hacer mi vida imposible creo que nosotros los travestis tenemos una legalización y jamás lo llevan en cuenta (…) el personal penitenciario mas mal me ponen. Tengo vicita cada 5 o 6 meses y no puedo vivir trastornado todo porque soy travesti…

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La cárcel es el modelo puro de una tecnología de poder extendida reticularmente a toda la sociedad con el objetivo de disciplinar cuerpos: normalizarlos. Lo carcelario está en toda institución de encierro: en la escuela, en el hospital, en la oficina, en la casa, en la ciudad.

Michel Foucault escribió en 1975:

No se trata de decir que de la prisión hayan  salido las ciencias humanas. Pero, si han podido formarse y producir en la episteme todos los efectos de trastorno que conocemos, es porque han sido llevadas por una modalidad específica y nueva de poder: una determinada política del cuerpo, una determinada manera de volver dócil y útil la acumulación de los hombres. (…) El sistema carcelario constituye una de las armazones de ese poder-saber que ha hecho históricamente posible las ciencias sociales (Vigilar y Castigar, p. 356).

“Una militancia que se registra; que se hace carne, que escribe, que narra: cuerpos que narramos; que hablamos dentro de un cuerpo social y que en definitiva termina agrietando esa percha que tiene sujeta al cuerpo social”

Castigo.  Cuerpo. Culpa. Carne. Silvia fue violada. Silvia fue torturada. Silvia fue vilipendiada. Dicen que también fue amada. Dicen.  La cárcel no consiguió normalizarla: era una mujer presa entre más de 500 hombres.

“Su peculiar condición de homosexualidad explícita, y más en una cárcel, le valió muchos pesares: vejámenes constante por parte del servicio y abusos por parte de los compañeros de celda o pabellón”, dice el  que la conoció. Agrega: “supo tener amores carcelarios;  sembrar rencores y cosechar mucho dolor”.

…Hay un oficial de apellido Molina que ni siquiera me deja salir al recreo…

El Síndrome de inmunodeficiencia adquirida (Sida) se desarrollaba en Silvia desde unos años antes de su ingreso a la penitenciaria de la ciudad de Corrientes. Su salud se marchitó con los días y con las noches tras muros y rejas entre mates y cigarrillos; entre risas y llantos.  Se moría, flaca, emula, parca. No importaba: desecho de los desechados, aún en la humillación y el ultraje resistía en su inmensa disidencia: …soy travesti…

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“Un día –dice el que la conoció-  fue aislada. Sabía que tenía Sida y en una cárcel esas cosas son de cuidado; como la población por lo general ésta en excelente estado de salud,  tal afrenta a la salud del total no era viable. Así, por presunto agravamiento de su salud también se le agravo la privación de la libertad”. “Alguien –sigue- supo hacer el trámite, sabiendo su complicado estado de salud, para que la envíen a pasar sus últimos días de vida a casa de su madre pero la crueldad del sistema prefirió que sus osamentas permanecieran en posesión del servicio”.

…Mi prisión domiciliaria me negaron todo porque mi casa es muy chica….

Sola. Aislada. Negada. Marginada de los marginados. Silvia dejó de ser carne en una fecha indeterminada (primer signo de la ofensiva del olvido).  Fue dentro del oratorio a San Dimas, el Buen Ladrón, uno de los dos hombres crucificados junto a Jesucristo. Dice la Biblia que el agónico hijo de Dios le dijo al apuntalado delincuente: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

El cuerpo (la cuerpa).  Su narrativa.  ¿Se extinguirá al detenerse el latir del corazón; capitulará al interrumpirse las conexiones sinápticas? ¿O ascenderá? ¿Será lo simbólico una sublimación de la corporeidad fenecida?

…Lo único que hacen  es hacer mi vida imposible (…) el personal penitenciario mas mal me ponen. No puedo vivir trastornado todo porque soy travesti…

Alejandro. Alejandro se llama la fuente: un mero testigo de ese avatar.  Evoca, épico:

“Arrojada a los fríos pisos del sagrado suelo. Con no más que un colchoncito y una débil frazada. Fueron noches de tos, dolores y alaridos. Noches eternas, de oscuridad profunda y húmeda. Y así fue nomas: una noche sin nombre ni origen pasó la muerte por ella, con toda su piedad y dio por terminada su condena. Así mismito, Silvia, esa frágil figura que se paseaba por los pasillos centenarios de la antiquísima unidad penal 1 se fue… sin más. Como tantos otros”.

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Pienso: tal vez este cuerpo que ahora escribe está siendo usado por otra que ya no lo es pero que -cuando lo fue- dejó suficientes huellas, suficientes marcas, suficientes inscripciones de su enunciar como para hacer rebrotar la comunicación…

Desde la carta que irriga sentido a esta otra textualidad, Silvia pregunta:

… ¿O quien no le gustaría estar con su familia por más chico que cea la casa?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotos gentileza de Kariel Cuenca (Diario Norte de Corrientes)

 

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