Estamos caminando, atravesando, sin pedir permiso, espacios que nos pertenecen. De pronto comenzamos a ocupar nuestras cuerpas, nuestras camas y las calles. Y comenzamos a escucharnos y a entender que lo que nos pasa es sistemático, y es político.

No nos callamos más porque entendemos también que es la única manera de sanar esta sociedad enferma de capitalismo y patriarcado.

No vemos otro camino que no sea este, depurando y sacando a la luz todo lo que nos oprime, y porque la de al lado nunca más es competencia

Yo te creo, compañera.

Por lxs que somos CaraTapada

La grupa feminista Laghartas hizo pública ayer la denuncia de una compañera que fue VIOLADA por FEDERICO SOTO, movilero de Radios Dos. La publicación llegó a tener casi 2.000 shares en Facebook hasta que la popular red social decidió darla de baja por no cumplir con las “Normas comunitarias”. No sólo desapareció la foto con la denuncia, sino que también inhabilitaron la página de la grupa. La misma metodología de censura se reiteró sucesivas veces con los posteos individuales en las cuentas de otrxs compañerxs. También nosotrxs, desde Cara Tapada, hicimos pública la denuncia a Federico Soto, aunque sólo por pocos minutos: Facebook también eliminó la publicación y nos “recomendó” que no volvamos a poner esta clase de contenidos para evitar que eliminen la página.

Más allá de Facebook, la noticia se hizo eco en otras redes sociales como Instagram y Twitter, como así también en las calles: esta mañana, un grupo de compañeras salió a pegar carteles con la foto, nombre y apellido de este VIOLADOR. Los carteles fueron pegados principalmente en las puertas de Radio Dos, el donde trabaja Soto. El director periodístico de la emisora, Carlos Simón, dijo que se lo había suspendido por tres días pero que no se lo podía echar si no hay una denuncia formal radicada en la comisaría o en la fiscalía en turno. Enseguida, agentes de la comisaría 3ra acudieron al lugar donde se encontraban las compañeras (alrededor de diez pibas) para preguntarles qué estaban haciendo y si deseaban radicar una denuncia formal. Lo que muchxs no entienden es que la denuncia social, mejor conocido como “escrache”, es también es una forma de legítima denunciar. Acciones directas y feministas como las que hemos presenciando en las últimas 24 horas ha demostrado ser más eficientes que la justicia patriarcal o la policía machista que no hacen más que descreer del testimonio de la víctima y desprotegerla.  

Ante el escrache de Federico Soto, comenzaron a aparecer los comentarios de siempre que ponen la mirada en la denunciante: “¿Por qué no hizo la denuncia policial?” “¿Qué pruebas tiene de lo que pasó?Si hace esto de forma anónima no podemos creerle”, etc. Esto, sumado al rápido accionar de la policía para defender al violador, el encubrimiento de los medios oficiales que no se hicieron eco del asunto y la censura de redes sociales como Facebook que elimina las publicaciones, sólo evidencia las bases machistas que sostienen a nuestra sociedad. Es que hay cierto fetiche con la víctima, pues pareciera que el repudio (que a cualquiera nos genera una violación) lo canalizan culpabilizando a la sobreviviente. Ante el testimonio de este hecho aberrante se instaura la duda de la comunidad: se habla de que le arruinás la vida a un hombre, que el escrache no es el método adecuado para proceder en estos casos, que son todas unas exageradas.

Lo cierto es que la burocracia, la exposición de la denunciante y su mediatización corre muy atrás de la necesidad de justicia. El escrache se vuelve un arma que permite hacer público lo que el violador quiso mantener en privado, sin exponer a la damnificada. El relato del hecho revela el lado más miserable y cobarde de un hijo sano del patriarcado que se disfraza de periodista y sale a diario a entrevistar personas en la calle y cubrir movidas vinculadas a los feminismos en Corrientes. Desde 2016, Federico Soto comenzó a deambular en los espacios feministas, haciendo reportajes a referentes de las grupas e incluso a víctimas de violencia de género. El 10 de junio de ese año, la Asociación de Periodistas de Corrientes (APC) lo galardonó como el ‘periodista revelación’. Hoy la misma agrupación sindical lo repudió, aunque sin poner nombre ni fotografía.

Lo más escalofriante de todo: a raíz de esta denuncia pública, comenzaron a surgir declaraciones de otras mujeres que también habían sido víctimas de acoso y abuso por parte del mismo hombre, Federico Soto. Acoso mediante las redes sociales, así como en viajes, fiestas y espacios laborales. Existen comentarios públicos de estos casos en Facebook y en otras redes. No es una sola víctima, no es un caso aislado: estamos hablando de una tendencia a acosar y violar mujeres sin que esto tuviera consecuencia alguna. Las feministas estamos hartas y vamos por la justicia social, refugiadas y acompañadas entre nosotras, tendiendo lazos de afecto y redes de contención pero por sobre todo empoderándonxs.

#BastadeViolenciaMachista #NoNosCallamosMas #YoTeCreo 

 

 

Abajo reproducimos íntegro el testimonio publicado ayer por Laghartas que fue censurado por Facebook:

 

FEDERICO SOTO – VIOLADOR

Este chico se llama Federico Soto y es periodista de Radio Dos y estudiante de Comunicación Social. Posee la “costumbre” de hostigar a mujeres. “Es así”, pueden oír que muchos dicen. Pero más allá de “ser así” es un violador. La palabra es fuerte y duele, duele a quienes hemos sido víctimas de cruzarnos con alguien como él.

Que una persona te invite a su casa para verse y charlar, no significa que estas accediendo a tener relaciones con esa persona. Más si antes de ir dejas en claro que lo haces de buena onda sin ninguna otra connotación. Decir no, es no y punto. Me insistió mucho para vernos y charlar, yo tenía una hora libre porque luego me esperaban en una reunión. Reunión a la cual nunca iba a llegar. Hablamos mucho, de distintos temas, me contó que era él la persona que le manejaba las redes a la entonces viceintendenta Any Pereyra. También que en Radio Dos era algo así como (de palabras suyas) “protegido de Simón”, en referencia al periodista y director de la radio, Carlos Simón.

En un momento cuando ya era cerca de la hora que me tenía que ir me dijo que me quedara unos minutos. Me quejé del calor de nuestra ciudad y él aprovechó para tirarme la indirecta de si quería ir a la habitación que había aire. Comprendí lo que pasaba, me sentí muy incómoda y le dije que no. Insistió y le volví a negar la “invitación”.

Finalmente, era hora, me tenía que ir. Me estaban esperando. Se lo comunico y me dice que espere, me saca otro tema de conversación y terminamos hablando de las cicatrices. Me muestra una suya y me pregunta si tenía alguna. Le dije que sí. Que cuando era chiquita me caí y me abrí la cabeza. En un movimiento rápido me dice “¿a ver?” y comienza a tocarme el cabello, para luego tocarme el cuello con la excusa de hacer masajes porque seguro estaba muy estresada y terminar besándome.

Para ese momento estaba completamente desorientada. En otro movimiento brusco y rápido me levantó de la silla y me sentó sobre él. Y empezó a insistir con ir a la habitación, una vez más me negué. No me escuchó. Yo tenía todo el tiempo mi celular en la mano, me lo sacó a la fuerza y no me lo quería devolver. También me sacó la remera, me alzó, me llevó a la habitación y me acostó en la cama. Todo en cuestión de segundos. Mi celular quedó en la cocina, por lo cual no podía llamar a nadie.

Automáticamente le empecé a decir que no, que no iba a pasar nada, que yo me iba ya mismo. Que me estaban esperando. Intento pararme y él me agarra fuerte del brazo y me dice que no me iba a ir. Es ahí donde entendí todo. No era un chiste, no era un juego. Me amenaza con que si no accedía a tener relaciones con él, no iba a irme. En cuestión de minutos todo se transformó en una pesadilla. Dije todas las veces que no. La conversación se comenzó a tornar violenta y el arriba mío no me dejaba levantar de esa cama. Me besaba el cuello y me decía “garchamos y te vas”. No, no, no y no. Una y otra vez. Le expliqué de mil formas que no lo iba a hacer, que yo me quería ir.

Yo seguía acostada y mientras él me agarraba del brazo me decía que también tenía cosas que hacer, que debería estar en la radio en ese momento, pero estaba ahí por mí. Le aclaré una vez más que yo no le pedí nada, que no fui para “garchar”, fui de buena onda y me quería ir. Al punto que cuando le digo que me estaban esperando me contestó “bueno que sigan esperando, que empiecen sin vos”.

No sabía que más hacer, por lo cual decido hacerme la “dulce” y decirle que volvía al día siguiente. Que en ese momento no podía que de verdad me tenía que ir. Al parecer acepta, me siento aliviada hasta que me dice que vuelva mañana pero que le tenía que practicar sexo oral y después me iba. Le digo que no, que no iba a hacer nada de eso, que me iba y punto.

Me intento levantar por no sé qué número de vez. Se pone sobre mi, me pone la mano en la boca (como cuando haces “sh”) y me dice enojado y gritándome “Callate, cállate y disfrutá”. Disfrutá me dijo, como si todo lo que estaba pasando fuera algo consentido. Es ahí donde realmente sentí miedo y me paralicé, me desprendió el jean y me lo sacó. Seguí diciendo que no, que me quería ir, me dio a entender que “colabore” y después me iba. Me gritó en todo momento y me decía que me callara, que no quería escucharme más.

Sentía que ya no podía hacer nada, que era mejor para mí ante esa situación acceder e irme. Lo hice y fue lo más humillante que me pasó. Fue agresivo, me trató como a un objeto y me obligó a hacer cosas que no quería. Entre esas cosas posiciones sexuales a las que claramente no quería acceder.

Durante toda la situación, continué diciéndole que pare, que no, que me quería. También llegó a taparme la boca para que no hablara más, porque según sus propias palabras (una vez más) no quería escucharme. Y no, no me escuchó e hizo lo que quiso. Cuando decido parar, que me suelte, que ya estaba, una vez más no comprendía que ahí yo no podía decidir nada. Y no imaginé que lo que iba suceder era peor.

Me siento en el borde la cama, con las piernas cerca de mi cuerpo y le digo que me iba, que por favor me abra la puerta. Y en el momento en el que me estoy por parar me dice “no esperá, no acabé”. No me importó nada y lo mandé a la mierda, le dije que me iba. Es ahí donde me agarró con fuerza la parte del tobillo izquierdo me estiró hacia donde estaba él, me abrió las piernas y me penetró a la fuerza. Me quedé inmóvil, lo único que pude hacer es gritarle NO. Otro no que no iba a valer en absoluto. Me agarró fuerte el cuerpo como abrazándome contra él para que no pudiera moverme. Y me quedé ahí esperando a que acabe.

Finalmente terminó. Me soltó y con una risita burlona me dijo “¿te cuento un secreto?, acabé”. Ahí sí pensé que al fin iba a poder irme, pero tampoco fue así. Cuando quise levantarme para ir al baño, me agarró una vez más del brazo y me obligó a acostarme con él, a abrazarlo, acariciarlo. Me hablaba, yo casi no respondía, esperé unos minutos y le dije que me iba al baño y después me iba.

Por fin me dijo que estaba bien, y si, ya me iba a dejar salir porque había conseguido todo lo quería. Agarré mi ropa, me fui al baño, me vestí y cuando me miré al espejo me largué a llorar. Pero no podía seguir ahí. Me sequé las lágrimas y me lave la cara. Salí y le pedí que me abriera la puerta. Agarré al fin mi celular y cuando ya estaba por salir me beso otra vez a la fuerza y me dijo “Tenés que aprender algo, lo peor que le podés hacer a un vago es no permitirle acabar”. Hoy yo te digo Federico, lo peor que le podés hacer a una persona es violarla.

Al fin después de todo pude salir. Caminé unos pasos y me puse a llorar de nuevo. Nunca llegué a la reunión que tenía. Y antes de que me fuera me dijo también “bueno, habrán empezado sin vos porque no llegaste”. Y efectivamente, nunca pude ir por su culpa. Cuando logré tranquilizarme, caminé hasta donde debía ir. La reunión había terminado, llegué una hora y media después de lo pautado.

Nunca había experimento lo que es sentir miedo de “verdad”. Ese miedo que te paraliza el cuerpo y la voz, que no te deja gritar. Me sentí humillada y una porquería. Cuando estuve sola mucho más tarde lloré mucho, no podía parar. Me dolían partes del cuerpo, porque toda la situación había estado cargada de violencia. Pero tampoco podía poner en palabras lo que sentía.

Por mucho tiempo me callé, lo bloquee de mi mente. Quise olvidar, pero no pude y no puedo. Es por eso que hoy decido hacer esto. Porque me culpé tanto y me costó mucho aceptar que lo sucedido fue una violación. Sentís que tu no, no vale. Que sos nada. ¿Por qué me costó? Porque cuesta demasiado asumirse víctima de una violación, sentís que es más fácil taparlo y “olvidar”.

Pero no se puede. No se logra olvidar por mucho que lo intentes. Y contarlo es el primer paso para empezar a sanar. Gracias a muchas personas que me impulsaron y apoyaron para que lo haga, a mis tiempos, siempre respetándome. Quiero que sepan quién es y lo que hizo para que no le vuelva a pasar esto a ninguna otra mujer, y si en algún momento les sucedió algo con él puedan contarlo.

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