Por Ortiga

 

“El espíritu del fuego la espolea a que luche por su propia piel
y por un trozo de tierra sobre el que pararse, una tierra desde
la que ver el mundo- una perspectiva, un terreno propio
donde poder sondear las ricas raíces ancestrales hasta llega
a su propio corazón abundante de mestiza”

Gloria Anzaldúa

El 8 de marzo pasado trajo la consigna de Paro internacional de mujeres, lesbianas, trans y travestis. Más de 60 países en todo el mundo adhirieron a la consigna y en las calles se manifestaron millones de identidades femeninas con sus reivindicaciones. En contrapartida, este internacionalismo habilita la pregunta por lo regional: ¿Qué lugar ocupa el feminismo en nuestra región? ¿Desde dónde miramos nosotres? ¿Qué tareas tenemos aún por realizar en nuestro horizonte?

Es imposible pedirnos una unificación total sin poder hacer primero una revisión particular a nuestros propios despojos regionales.

Nuestra región se encuentra en el nordeste de la Argentina, las provincias que conforman el NEA se sitúan en una zona de frontera con Paraguay, Brasil y Bolivia. No obstante, este límite geográfico se traduce en una frontera cultural entre estos países vecinos y la región en general respecto del resto del país. Es decir, en la región nos encontramos muy cerca de las culturas de los países vecinos y, asimismo, en lejanía con el centro económico y político del Estado argentino. Aquí los índices de pobreza, violencia y ausencia estatal alcanzan números alarmantes; es por ello que la marginalidad es tal vez una de las características más sobresalientes de esta región: la mayor parte de las personas vivimos bajo el índice de pobreza y las identidades feminizadas constituyen la mayor parte de esta estadística, siendo el sector más asolado por la desigualdad y la violencia institucional y patriarcal.

En esta zona del país, la población no habla solamente español, ni mucho menos nuestro origen viene de la “sangre azul europea” como dicta el ideal identitario nacional o mejor dicho: “porteño”. Aquí se habla también guaraní, qom, wichí, mokoit, pilagá, etc. Tenemos mayoritariamente orígenes étnicos indígenas y nuestra cultura e imaginario se encuentran inmersos en ellos más allá de lo que los límites nacionales intenten dominar y colonizar. Nuestra piel y nuestra imaginación aún sigue siendo indígena, sobreviviente de las cruentas masacres del Estado argentino y su mundo europeizante y capitalista. Aún pervive en cada une de nosotres la “otra abuela”: nuestra piel es mestiza. La poblacion indígena aún es numerosa en estas tierras y son el sector más desfavorecido por este sistema atroz. Las mujeres indígenas y pobres -en esta jerarquía- son las más invisibilizadas y sus muertes raramente se registran en los datos, siendo entonces las principales víctimas de nuestra actual situación económica social.

Nos queda la rebeldía total y la recuperación de nuestros propios terrenos: nuestra lucha no sólo es anticolonialista y clasista, sino también feminista.

Las voces del despojo colonial aún se agolpan en el río, en la tierra, en los árboles y en la mirada perdida de la gente descalza con hambre; aún nos llaman y nos piden una explicación . Todo nuestro paisaje sólo da cuenta de una gran masacre muy diferente a la idea de “progreso” que se nos intenta vender y que casi siempre nos obligan a atragantarnos con ella hasta el empacho. Si miramos de cerca cada edificio, cada auto, cada casa, notaremos que sangra: todo nuestro paisaje nos ha sido expropiado, nos ha sido robado por el colonizador blanco capitalista (con todas sus transformaciones y caras) y nos ha dado a cambio una religión y un sistema económico y social que nos esclaviza. Nuestro origen y nuestra identidad ahora sólo es una vergüenza; de no insertarnos en la competencia capitalista criolla, estamos condenades a más pobreza, desigualdad y muerte.

En esta región, sobrevivimos aún gracias a una concepción indígena del mundo a través de nuestras comidas, nuestras creencias míticas y nuestras plantas medicinales como sesgos de una cosmovisión holística ancestral ligada a una forma de vida comunitaria. Sin embargo, por otra parte, incluso estas tradiciones indigenas muchas veces nos traicionan a nosotres, las identidades feminizadas, porque ella es también eminentemente patriarcal: nuestras madres y nuestras abuelas nos han enseñado a callar y a obedecer a los hombres, a cuidarnos de no cuestionar su voz y su lugar; a tenerles miedo. En el mejor de los casos, ellas nos han dado mensajes contradictorios, como ser fuerte hacia fuera del hogar y sumisa hacia dentro de él como señala Anzaldúa (2016: 57). Nuestra cultura ancestral nos enseña a ser bravas sólo cuando nuestro hogar se encuentra amenazado. Nos han enseñado a ser madres y esposas dependientes de la figura del varón protector, haciéndonos olvidar (a fuerza de amenazas y castigos reiterados) nuestra independencia y fortaleza, porque “eso no hacen las señoritas”, “eso es de maricón”, “así vas a terminar sole”. Formándonos, de esta manera, temerosas y sumisas en todos nuestros ámbitos de vida.

Y entonces aquí estamos, por un lado, renegando de nuestra piel indígena y sumidas en la pobreza por culpa de la colonización y seguida marginalización estatal; por otro: atadas a la sumisión tradicional otorgada al rol femenino por nuestra cultura ancestral. ¿Qué hacer con todo esto? Aquí nos queda la rebeldía total y la recuperación de nuestros propios terrenos: nuestra lucha no sólo es anticolonialista y clasista, sino también feminista. Es decir, nuestro terreno es el de la mujer pobre racializada, no alineada ni a la lucha de clases del hombre cis-heterosexual ni de la mujer blanca de clase media vista como un universal. Las mujeres feministas blancas de clase media también se olvidan de que en sus propios hogares explotan a sus empleadas correntinas, chaqueñas, paraguayas, bolivianas, pobres, que no pudimos acceder a los privilegios que ellas tuvieron por haber nacido dentro de una cuna de “sangre europea”.

Nuestra piel y nuestra imaginación aún sigue siendo indígena, sobreviviente de las cruentas masacres del Estado argentino y su mundo europeizante y capitalista.

Es imposible pedirnos una unificación total sin poder hacer primero una revisión particular a nuestros propios despojos regionales. Nos debemos nuestra propia crítica y perspectiva regional diferente a la de todos los centros de poder lejos del control del poder nacional, como también lejos del control patriarcal tradicional, para así lograr un territorio propio desde el cual mirar: dejar de ser víctimas de todas las opresiones y ganar nuestra propia voz y horizonte.

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