Reflexiones e ideas sueltas sobre la (des)atención de la salud hacia quienes sufren pena privativa de la libertad en las cárceles de Corrientes. Casos y cosas que unx ha visto y escuchado.

Es sabido que el Estado debe asegurar la debida atención de la salud de las personas que están bajo su custodia por estar privados de la libertad. Ahora bien, más allá de lo meramente enunciativo de los deberes internacionalmente contraídos sobre el resguardo de la salud de los privados de la libertad: ¿Cómo se accede a una adecuada atención médica, cuando todo está mediado por el servicio penitenciario? ¿Cómo hace un detenido si está en un pabellón de aislamiento, encerrado por más de 22 horas al día, bajo llave y con la sola y única injerencia del celador? Aquí el primer filtro. Penitenciarios que, sin conocimientos médicos de ninguna naturaleza y acostumbrados a la discrecionalidad del sistema de “premios y castigos”, aceptan o no el pedido urgente de un preso de pedir asistencia porque se siente mal, porque tiene dolores o porque sufre padecimientos psicológicos. Agravado esto en horarios nocturnos, obviamente. Pensémonos nomás, alguno de nosotrxs, sólo con un “simple” dolor de muelas, a la madrugada, sin poder acceder a un calmante, a un poco de hielo, a respirar hondo, a caminar para distraernos del dolor sordo que nos aqueja.

Supongamos que se superó ese filtro. Sólo hay un enfermero de guardia, que habrá que ver si está, si se despierta, con que ánimo amerita o no su intervención y que cuanto mucho te aplica un calmante, el mismo siempre, para todas las dolencias. Si te sirve, a esperar que se abran los pabellones, que sea la mañana y llegue algún médico. Recién ahí, quien te dice, tenés la suerte de que te lleven, doloridx, esposadx y a los tumbos, al hospital. Una vez allá, habrá que ver si tenés cama, si quedás internadx (seguro esposadx a la camilla o a la cama de hospital), si lográs que un familiar que te visite, siempre y cuando un compañero de pabellón pueda avisarle a alguna persona cercana que quedaste internadx, porque la comunicación del área social, salvo que estés muy grave o ya en bolsa negra, te la deben. Ni tu familiar ni vos acceden a tus informes médicos. Seguís sujeto a lo que lxs penitenciarixs hagan o dejen de hacer con tu vida, que dejó de ser privada desde el momento que estás privado de libertad. Volvés y dependés de tus compañeros para que te ayuden a comer, ir al baño o cocinar liviano. Y siempre, siempre, preferís el pabellón al sector de “sanidad” donde te caminan las cucarachas, hay humedad, filtraciones y una falta inmunda de higiene. De ‘pabellón sanitario’, sólo el nombre.

Y siempre, siempre, preferís el pabellón al sector de “sanidad” donde te caminan las cucarachas, hay humedad, filtraciones y una falta inmunda de higiene

Este escrito, inconexo y a los tumbos, catártico, surge luego de haber acompañado en estos días una inspección al penal nº 1 de Corrientes. Y así, hoy estallan en mi mente situaciones variadas, todas dolorosas, todas vinculadas a la desatención de la salud, oídas y vistas en los dos últimos meses.

En pabellón de aislamiento, régimen de máxima seguridad, una persona con fractura espinal múltiple (¿secuela de viejas lesiones?) aguarda hace semanas, infructuosamente aún, la prótesis para su cirugía de columna. Entre tanto deambula con mucha dificultad, lo asisten sus compañeros, y apenas consigue un régimen especial de visitas para que su familiar lo acompañe un poco más. En ese mismo pabellón, otro detenido, también con lesiones vertebrales y hernia de disco, pide calmantes pero se los niegan porque está “castigado”. Tiene una mujer que, contra viento y marea, a sabiendas de esto, exige, a la noche, tarde, frente a los portones de hierro, que alguien con mínima cuota de sensibilidad humana calme el dolor de su marido. Desgarrador el testimonio de otro preso, del mismo pabellón, que cuenta que está en atención psicológica, que tiene turno: exhibe a los celadores el papelito con la prescripción de ir a la terapia, y los celadores la dejan pasar. Son varios los que piden atención psicológica. Te quiero ver, resistiendo con integridad mental el encierro forzoso, por 22 horas; orinar en botellas descartables, defecar en bolsitas de polietileno y arrojarlas por la ventana al patio, porque el olor es inaguantable. Bañarte, lavar tus prendas y tus utensilios, en el tiempo que te dan (media hora a la mañana y media hora a la tarde). No hay más, el resto es encierro y vos. Hay recurrentes ideas de suicidio. Ya hubo intentos y suicidios logrados en ese pabellón. Una persona allí alojada nos hizo entrega de una carta firmada con su última voluntad y su deseo de donar sus órganos si pierde la vida (o se la quita) en ese lugar.

En otro pabellón, otra persona doliente y postrada. Su compañero duerme en el piso y le cede su colchón: lo ayuda con la higiene, con la asistencia hasta para cambiarle pañales. Hemos visto varias (demasiadas) personas mayores de 70 años que están enfermos, que debieran estar cumpliendo arresto domiciliario, que se lo han revocado, o se lo han denegado, o que no cuentan con familiares vivos que se hagan cargo. Un día hablamos con don José de la Cruz, que nos pedía que ubiquemos a algún familiar o conocido que lo reciba para el arresto domiciliario. Al día siguiente, el diario hablaba de ti: la noticia fue la muerte de un preso tras su ‘descompensación’ en la puerta de su pabellón, durante el recuento de la mañana. Trasladado de urgencia, falleció en el hospital a las dos horas. Llorando desconsolado, otro hombre nos cuenta de su hijo, alojado en el área de seguridad, por estar considerado “inimputable”. Todo el proceso de su internación, su cuadro grave y su muerte siempre mediado por la deficiente, nula o tendenciosa información penitenciaria. ¿Cómo llegó al hospital, derivado de otro centro de detención que no era el que lo alojaba? Las circunstancias, que nadie aclara si fueron traumáticas o no: meningitis, infartos cerebrales, algunos de vieja data, cirugías se cuelan sin poder armar el rompecabezas. Dos visitas al hospital de escasos minutos, mucho desconcierto y luego un pobre acompañamiento final. Ni médicos, ni jueces, ni abogados parecen interesarse en aplicar los protocolos internacionales ante “una muerte bajo custodia”.

El Protocolo de Minnesota de 1991 y el Protocolo de Estambul de 1999 fueron creados por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para establecer estándares de buenas prácticas técnicas para investigaciones forenses sobre ejecuciones extrajudiciales y tortura respectivamente, que expresamente deben aplicarse en todo caso de fallecimiento de personas bajo privación de la libertad. El Protocolo de Minnesota de 1991 y el Protocolo de Estambul de 1999 comparten los mismos principios fundamentales que son, además de la independencia, la competencia, minuciosidad, oportunidad e imparcialidad.-

Y después de estas recorridas, de estas entrevistas, de llorar con el otrx (que es espejo de unx), ¿qué nos queda? Este sabor amargo de la negación, de la crueldad, de casi todxs que, por acción u omisión, por apuro o necesidad de seguir con la vida a como de la mano. Sólo intentar con estas palabras, torpes e inconexas, des-invisibilizar un poco lo que sucede tras los muros de esa fortaleza de ciento veinte años que se hunde –literalmente- en sus efluvios cloacales. Allí, en medio del paseo público, a pasos de la Costanera, donde todxs pasan y miran con los anteojos de mirar sin ver.

 

Unidad Penal Nº 1 de la ciudad de Corrientes.
Fotografía tomada por “NN”.

Información brindada a Cara Tapada por la
Red Provincial de Derechos Humanos de Corrientes.

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