Por: Descaradx (Colaborador)

El pasado mes de octubre se llevó a cabo el 32º Encuentro Nacional de Mujeres en la ciudad de Resistencia, y hoy podemos decir que desarrolló con total éxito, sin disturbios considerables y sobre todo sin presencia de represión policial. El éxito del encuentro se vio acompañado, y empañado a la vez, por una polémica instaurada en el plano de la opinión pública (opiniones siempre acompañadas por los medios de comunicación).

La polémica ponía en cuestión la realización misma del Encuentro desde un discurso ético marcado hacia diversos tópicos, ya sea en un plano de organización (un encuentro que recibía a más de 50.000 mujeres en una ciudad “que no se encontraba preparada”), en un plano económico (la supuesta organización gestionada y subsidiada por el gobierno provincial) o en un plano político (el Encuentro representa un avance de los sectores de izquierda y/o kirchneristas).

El argumento principal detrás de esto se encuentra en lo reflejado de manera mediática de los Encuentros de años pasados, donde los grupos más radicales se manifiestan delante de la Catedral de la ciudad de turno, se pintan consignas de disidencia política –muchas veces cargados de vehemencia–, a favor de la legalización del aborto y en contra de las estructuras machistas imperantes en la sociedad. Fue por ello que no faltaron casos de repudio y rechazo por parte de los resistencianos hacia muchas de las mujeres que se acercaron durante los 3 días que duró el Encuentro en la ciudad de Resistencia, con mensajes cargados de estos mismos discursos.

Cercano a los días del Encuentro y durante el mismo, comenzaron a germinar y multiplicarse por las calles y redes sociales diversos mensajes que, cargados del mismo rechazo y repudio, se colorearon de tonos cada vez más violentos y oscuros. Esta es una conducta que se repite año a año pero que esta vez brindó un capítulo más que de costumbre.

Comenzaron a germinar y multiplicarse por las calles y redes sociales diversos mensajes que, cargados del mismo rechazo y repudio, se colorearon de tonos cada vez más violentos y oscuros.

Durante el día de la marcha de cierre del ENM, no se hicieron esperar convocatorias de los ciudadanos de Resistencia para una repulsa social hacia las participantes del Encuentro. Llamados a “hacerles frente y correrlas” y “sacar la basura”, desembocaron al fin en el día posterior al cierre del Encuentro con la concentración de más de 200 personas (en principio), y la represión a muchas mujeres que quedaban aún en la ciudad, esperando los colectivos y micros para volver a sus destinos de origen.

La movilización de la que se partía cargaba consignas “pro-vida”, en contra de la legalización del aborto y, sobre todas las cosas, en repudio a cierto comportamiento de la mujer en general. Las apreciaciones éticas y morales que se desprendían aquí desnudaron una polaridad ideológica desde donde se juzgaba. Y lo que en la represión suscitó, como la reprenda encarnizada sobre el cuerpo disidente que escapaba a lo que estas apreciaciones premiaban. La represión a las mujeres no debe ser considerada un dato menor, ninguneada ni tampoco olvidada jamás. Es un claro ejemplo sintomático de una sociedad que busca normalizar y moralizar mediante la violencia a determinado tipo de sujeto y que siente una satisfacción en este hecho, sin medir las consecuencias que acarree.

Las manifestaciones que se dieron durante el cierre del Encuentro frente a la Catedral de Resistencia tuvieron la particularidad, respecto a años anteriores, de no suscitar la violencia policial. Las fuerzas de seguridad se comportaron de manera silente y expectante, sólo se limitaron a avanzar a modo de vallado una vez que iban finalizando las manifestaciones del grupo de mujeres que se acercó a ese lugar. La represión no fue por parte de un organismo del Estado, pero debía llevarse a cabo. ¿Qué se supone que trae consigo una represión por parte de los ciudadanos entonces? Es un acto moralizador.

 

CORRECCIONES PATRIARCALES

En Las estructuras elementales de la violencia, Rita Segato cuenta cómo a partir de múltiples entrevistas a violadores en las cárceles de Brasilia se comienza a considerar a las violaciones y perpetraciones carnales como “actos moralizadores”. El violador es un actor directo de una moralidad de la que él mismo es participante. Esta moralidad se da, para Segato, como una estructura jerárquica: se distinguen jerarquías y pertenencias de los diversos sujetos a su correspondiente lugar en la estructura.

En la configuración machista imperante, se puede apreciar la pertenencia del varón al estrato público, político, relacional y demostrador de violencia; mientras que la mujer es relegada al plano de lo doméstico, lo privado, ámbito de servicios y cuidados. Esta jerarquía se compone en términos de sometimiento. El varón debe demostrar en todo momento este sometimiento y sostener esta estructura en un sentido de dominación sobre la mujer. La mujer que sea moralmente correcta también buscará la defensa de la estructura jerárquica, ocupando su lugar de labor doméstica o servicial y reprendiendo a quienes quieran salir de allí. Las violaciones son caracterizadas como actos de castigo y venganza. La reprenda efectiva a la mujer que ha salido de su lugar y ocupado roles que se le habían negado. Pero las violaciones son sólo un punto extremo de todo el proceso de disciplinamiento que conlleva la estructura jerárquica. Antes de cualquier violación, existe un sin fin de reprendas visibles, es decir, actos moralizantes violentos que se dan en el plano de lo público como sustentadoras del orden establecido.

La presencia de mujeres en la calle, sin miedo, politizadas, públicas, visibles y demostrándose desafiantes a las estructuras imperantes no sólo pone de manifiesto la vulnerabilidad de la estructura, sino que alienta a una defensa de la estructura jerárquica a aquellos actores morales que aún sean devotos de la misma. La desobediencia al orden moral establecido por parte de cientos de mujeres y la toma total del espacio público por parte de cuerpos que son destinados de manera estructural a lo doméstico, engendraron la repulsa más encarnizada de todas. Es por ello que se debe considerar a los linchamientos y corridas como actos de disciplina social que buscan restablecer el orden jerárquico en que se conforma la sociedad.

En los años anteriores, la represión policial hizo ecos en voces que justificaban el accionar desmedido de los organismos de seguridad, naturalizando los abusos y prácticas violentas. Las justificaciones canalizan el placer en defensa de cierta moralidad, de cierto orden. El placer moral se concreta mediante el disciplinamiento que proveen los organismos represivos estatales. Pero este año no fue así, y la defensa del orden moral patriarcal quedó en manos de los ciudadanos. El resultado final fue el siguiente: corridas, insultos, alrededor de 50 mujeres perseguidas (algunas con sus hijos a cuesta), agredidas con palos y piedras por hordas de motos. Las víctimas del linchamiento terminaron heridas, asaltadas, aterrorizadas; los organizadores de la persecución, impunes.

Dos semanas más tarde, iglesias evangélicas de toda la ciudad convocaron a una marcha masiva que culminó con un acto en la plaza central de la ciudad. La consigna pro- vida y en contra del aborto se destacó por sobre todas las demás, pero además se subrayó la defensa de cierto tipo de moralidad, otra vez: la mujer madre, la mujer dadora de vida, la mujer doméstica que cuida y protege. Se hicieron alusiones constantes al pasado Encuentro, prosiguiendo con demonizaciones públicas a las prácticas y discursos feministas.
Entonces, tampoco nos deben sorprender los aberrantes ataques públicos en rechazo a la visita de Judith Buttler en Brasil ni la simbólica simulación de la quema de una bruja de trapo con su cara por parte de un sector del país vecino.

Ahora que las brujas están más vivas que nunca,

no deben extrañarnos las nuevas hogueras.

 

Ilustración por Euge Kusevitzky

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