Por Silvana Romero*

La Antonia vive en el asentamiento del Barrio Galván. Hace unas semanas le sacaron a su beba de seis meses por ser pobre. Se la llevó un pariente suyo que tiene una casa y un trabajo, una mejor situación económica para darle a la criatura una ‘’vida más digna’’. Las compañeras de la Anto se organizaron para ir rápido a la comisaría:

-Ya traéme acá un patrullero para ir a buscar a la bebé, esa criatura tiene que estar con su madre.

-¿Usted es abogada? Pregunta la oficial

-No. Somos de la Asamblea de Géneros de la F.O.B y nos vamos a quedar a dormir acá si es necesario hasta que le devuelvan su hija a nuestra compañera.

La comisaría de la mujer envió rápidamente un equipo al barrio para hacer el “sondeo vecinal’’ y también asistentes sociales a verificar qué tan pobre, qué tan miserable, es la casa de la Anto. En menos de 12 horas la beba volvió a los brazos de su madre.

Es que el tema no es abortar o no abortar, parir o no parir: el problema es ser MUJER POBRE.

Hasta el año pasado, las pastillas de misoprostol para un aborto seguro rondaban los $2.000, lo que equivale a casi la mitad de nuestro sueldo para quienes trabajamos en cooperativas y proyectos autogestivos que hacemos funcionar en los barrios, donde la mayoría de las mujeres no tenemos ni trabajo genuino ni vivienda digna. Está claro por qué las que morimos en abortos clandestinos somos las de abajo: no tenemos para pagar uno seguro.

Las feministas de los barrios son señoras comunes, doñas que se juntan en la esquina a chusmear y tomar mate; las más jóvenes bailamos cumbia y reggaetón aunque las letras sean machistas.

Pero las mujeres en el barrio se organizan en asambleas, discuten sus problemas, y resuelven colectivamente: con acción directa, sin abogados y sin leyes, sin políticos y sin políticas, porque siendo de abajo sólo una herramienta tenemos: la lucha.

Más acá de los coloridos pañuelazos de las plazas céntricas, hay una pelea cotidiana y silenciosa en la oscuridad de los pasillos de las villas correntinas: a una mujer por pobre le sacan a su beba y todas las vecinas organizadas salen a correr; o una joven se enteró que está embarazada y no desea ser madre, entonces todas las vecinas salen a correr.

Las feministas de los barrios son señoras comunes, doñas que se juntan en la esquina a chusmear y tomar mate; las más jóvenes bailamos cumbia y reggaetón aunque las letras sean machistas. Somos la puta del barrio o madres de familias numerosas (o ambas); y si un marido se hace el machito, una vez que nos empoderamos no hay mucha vuelta, ni mucha denuncia, ni mucha ley: a los machetazos se le corre. Código de barrio.

Hay una imagen común bajada desde los medios de comunicación o desde la cultura hegemónica: feminista es una mujer joven de clase media, quizás estudiante o profesional, blanca, de rasgos occidentales, capaz de hablar en términos teóricos y abstractos y de sistematizar conceptos, cuya práctica del feminismo pasa por su vida personal/individual y quizás por la ronda de mujeres donde intercambian situaciones y visiones sobre el machismo y el hetero-patriarcado para luego participar de la marcha del Ni Una Menos o de los pañuelazos por el aborto.

Pero el feminismo de abajo, el de masas, el popular, se construye colectivamente con la militancia de mujeres pobres, excluidas, desocupadas, de las barriadas populares, que trabajan limpiando el piso de la casa de las feministas profesionales de clase media o que trabajan en cooperativas y comedores comunitarios en barrios de calles inundadas y sin luz. Todas o muchas morochas, de rasgos de india guaraní, que hablamos y relatamos nuestro feminismo desde historias cotidianas (como la de la Anto), donde la práctica feminista pasa por levantar ladrillo sobre ladrillo de una pared mano a mano con nuestro compañero de trabajo; por ser voceras en las luchas de nuestra clase y de nuestro pueblo (convocando en el barrio a luchar por asistencia para las inundaciones o denunciando en la prensa la represión del gobierno); por tener y hacernos a la fuerza un lugar protagónico en las asambleas y espacios de decisión de nuestras organizaciones sociales.

Anarquistas y feministas que escrachan la iglesia, pero creen en el Gauchito Gil o la Virgen María. Anarcofeministas que no leímos nunca a Emma Goldman pero que no permitimos en nuestra casa ni en nuestra lucha NI PATRONES, NI MACHOS, NI DIRIGENTES, NI POLÍTICOS.

Y esa imagen de la cultura porteña del anarquista de negro encapuchado también se aleja mucho de nuestra realidad correntina cotidiana, donde el anarquismo es la práctica concreta de esas mismas mujeres, doñas y jóvenes sin miedo a la policía, que se enfrentan en primera línea a la represión en una movilización, que no hacen caso de la ley ni de la política sino que orientan la lucha según su propia visión y necesidades. Que no llevan un abogado a la comisaría para intervenir en un caso de violencia de género sino que hacen justicia a fuerza de razón, convicción y lucha colectiva. Que se solidarizan con las de al lado y construyen comunitariamente en los territorios, desde una ocupación de tierras hasta un comedor. O que, como Jorgelina Romero, no respetan autoridades inventadas e impuestas por los de arriba y se rebelan desde el corazón contra la injusticia clasista de magistrados, políticos, policía y toda Institución sin hacer caso del “orden” del sistema constitucional y democrático del Estado, sino haciendo caso únicamente al sentido de humanidad, amor y justicia que llevamos dentro como madres que somos, como mujeres que somos, como personas que somos.

Anarquistas y feministas que escrachan la Iglesia, pero creen en el Gauchito Gil o la Virgen María. Anarcofeministas que no leímos nunca a Emma Goldman pero que no permitimos en nuestra casa ni en nuestra lucha NI PATRONES, NI MACHOS, NI DIRIGENTES, NI POLITICOS. Anarquistas de barrio, feministas de abajo que no sabemos quién fue que dijo que ‘’lo personal es político’’ pero que hicimos que nuestros maridos nos tengan miedo, que en nuestro barrio nos respeten, que el gobierno cree una fuerza especialmente compuesta por mujeres para reprimir.

‘’Esas están en contra de todo’’, ‘’lieras’’, ‘’quilomberas’’. Nunca políticamente correctas. Tan organizadas como empujadas a la espontaneidad. Parece que, como somos negras de barrio, sólo queremos bardo. Los políticos dicen que no tenemos política, pero no les gusta cuando ven que a parte de bardo nosotras queremos algo más: LIBERTAD Y DIGNIDAD PARA LAS MUJERES, PARA LXS DE ABAJO, PARA TODO NUESTRO PUEBLO. Y tenemos una política para eso: ASAMBLEA SIN DIRIGENTES, LUCHA SIN INTERMEDIARIOS, CON LAS MUJERES AL FRENTE Y TODA LA CLASE TRABAJADORA ORGANIZADA SIN ESTADO.

El feminismo, anarquista y popular, es revolucionario.

NO QUEREMOS MACHOS, NI GOBIERNOS, NI PATRONES. Porque cuando decimos “Ni Una Menos” lo hacemos porque realmente VIVAS y LIBRES (libres de TODA dominación) NOS QUEREMOS.

Así de práctico y sencillo es nuestro proyecto, porque el feminismo -como el anarquismo- no surge como abstracción o teorías intelectuales, sino como resultado histórico (material) de las necesidades del pueblo, su instinto de rebelión contra la injusticia y la opresión y sus ansias de libertad.

El feminismo, anarquista y popular, es revolucionario. El resto va bien como discurso, calza en la agenda mediática o como lucha por una ley que puede incluso ser funcional al gobierno macrista, que se pinta la cara hasta de verde con tal de sacarse de encima a todas estas locas (hijas y nietas de las viejas de los pañuelos blancos), que son una fuerza en la Argentina capaz de parar el país antes que la CGT o hasta de frenar el acuerdo con el FMI.

Por eso es que, un paso adelante en la lucha por el aborto libre, y todavía peleándole a esta justicia clasista y machista, nuestro planteo como mujeres doble y triplemente oprimidas sigue siendo radical: No pedimos que los machos sean buenos, ni que un gobierno sea bueno, ni que el patrón sea bueno, sino que NO QUEREMOS MACHOS, NI GOBIERNOS, NI PATRONES. Porque cuando decimos “Ni Una Menos” lo hacemos porque realmente VIVAS y LIBRES (libres de TODA dominación) NOS QUEREMOS.

*Militante feminista en la Asamblea de Género de la Federación de Organizaciones de Base (FOB).