Desde que se declaró la cuarentena obligatoria se respira un aire extraño en las ciudades; la cotidianeidad se tiñó de un peligro inminente e invisible. Aquellas primeras imágenes que nos llegaban en enero del 2020 desde China donde veíamos “ciudades fantasmas”, hospitales saturados y policías con pistolas para medir temperatura nos parecían lejanas, casi imposibles. Sin embargo, ya hace un tiempo se volvieron un elemento más de nuestra realidad diaria. El virus llegó rápida y silenciosamente a todos lados: de Asia a Europa y de Europa a América en aviones.

Al comienzo era un chiste, un motivo para desatar millones de memes de gatos con barbijo. Una enfermedad lejana que de golpe se volvió pandemia y puso en vilo a todos los gobiernos del mundo. El 18 de Marzo de este año, en la primera cadena nacional del gobierno de Alberto Fernández, el presidente declaró el aislamiento social preventivo y obligatorio: “Esto quiere decir que nadie puede moverse de su residencia, todos tienen que quedarse en sus casas”. La medida fue acompañada con una serie de paquetes económicos y un mega operativo policial, uno de los más grandes de la historia argentina, con el total de personas detenidas de 524.557 según CORREPI (hasta la fecha de esta nota).

CORREPI saca un informe diario sobre las detenciones acá 

¿Cuánto tiempo más seguiremos habitando esta excepcionalidad? ¿En qué momento la excepción se vuelve normalidad?

Primero se anunció que la cuarentena duraría hasta el 30 de abril pero, a medida que se acercaba la fecha, corrían los rumores de prolongación de la misma, cosa que el domingo 29 fue confirmada por el presidente quien dijo que se extendería hasta después de la Semana Santa. Es notorio que no haya hecho mención de una fecha concreta como la vez pasada, prefiriendo optar por un indicador de tiempo más indirecto como “después de Semana Santa”, lo cual -además de desatar los comentarios jocosos de quienes no conocemos de fechas religiosas- llama la atención y conduce, nuevamente, a la especulación colectiva con respecto al “hasta cuándo”. ¿Cuánto tiempo más seguiremos habitando esta excepcionalidad? ¿En qué momento la excepción se vuelve normalidad?

Pensar en algo como la amenaza del coronavirus se torna dificultoso para quienes viven en un riesgo constante: al hambre, la falta de trabajo, los barrios sin alumbrado, cloacas o calles pavimentadas hay que sumarle el riesgo constante del dengue y la represión policial.

En este marzo interminable atravesamos muchas cosas: desde el miedo que llega de Europa donde los números de enfermos y muertos en Italia, España y Francia siguen aumentando y rompiendo todos los récords hasta los videos de represión policial que llegan de toda Argentina donde oficiales de las fuerzas policiales, amparados en el DNU 297/2020, hacen un abuso descarado de su poder. Si bien en los noticieros se construye el imaginario de los “chetos boludos” que no entienden que estamos en cuarentena y salen de fiesta o esconden a su empleada en el baúl de su auto, la represión recae sobre lxs mismxs de siempre, la gente humilde, lxs nadie. “A todos los compañeros, hermanos que viven en barrios humildes les pido que respeten la cuarentena porque el riesgo también existe allí”, decía Alberto el domingo en la noche cuando confirmaba la prolongación de la cuarentena con un pomo de alcohol en gel a su lado. Pensar en algo como la amenaza del coronavirus se torna dificultoso para quienes viven en un riesgo constante: al hambre, la falta de trabajo, los barrios sin alumbrado, cloacas o calles pavimentadas hay que sumarle el riesgo constante del dengue y la represión policial que, bajo la excusa de este virus importado, adquiere poderes y licencias excepcionales a la hora de aplicar el control social. 

¿Quién paga la crisis del coronavirus? Cada país afronta esta pregunta de forma distinta, pero los actores son los mismos: el Estado, las empresas y lxs trabajadorxs. 

Nadie pone en cuestión que el aislamiento social preventivo es una necesidad para frenar el posible contagio, pero en los barrios populares (y en las cárceles) existen necesidades que deben ser atendidas urgente y prioritariamente, destinando los recursos que hacen falta para ello. Además, las condiciones de hacinamiento y carencias, tornan más difícil garantizar el aislamiento preventivo.

PANDEMIA Y PRECARIZACIÓN 

De los problemas económicos que enfrenta el mundo ante la pandemia, cabe preguntarse: ¿Quién paga la crisis del coronavirus? Cada país afronta esta pregunta de forma distinta, pero los actores son los mismos: el Estado, las empresas y lxs trabajadorxs. Más allá de los Estados más o menos presentes, la lucha es la misma de siempre: conseguir que “los ricos paguen la crisis”, cosa que nunca pasa. No hay bono extraordinario que pueda alcanzar a tapar el hambre.

De día y noche por las calles del centro pasan pibitxs en bici con guantes, barbijos y la enorme caja a sus espaldas. Ellxs ponen el cuerpo a ese exterior agreste que hay que evitar a toda costa.

En la cuarentena, el único “trabajo esencial” que aumenta son los delivery tipo PedidosYa o Rapi, el modelo de las “nuevas” formas de relaciones laborales, de un capitalismo de los servicios -no ya del producto- con altísimos niveles de tecnificación (la App es el jefe). De día y noche por las calles del centro pasan pibitxs en bici con guantes, barbijos y la enorme caja a sus espaldas. Ellxs ponen el cuerpo a ese exterior agreste que hay que evitar a toda costa. En Chaco, lxs trabajadores de la salud fueron lxs más se contagiaron de coronavirus, incluso murio una médica de 63 años que había tenido contacto con las dos primeras personas en dar positivo de covid-19 en la provincia y un médico de 60 años que trabajaba en la Dirección de Salubridad de la Municipalidad de Resistencia. Demostrando así lo expuestos que están a las enfermedades dentro de los hospitales, la falta de bioseguridad y de los elementos de protección personal básicos. Por otro lado, se supo que el Gobierno habilitó nuevas actividades productivas para atenuar el impacto de la cuarentena en la economía; entonces nos dimos cuenta de que el extractivismo -actividad de alto impacto sobre el medio ambiente y que genera un desequilibrio ecológico- también es considerada una actividad esencial en nuestro país.

El abuso policial, la precarización laboral, la violencia de género, los movimientos sociales tan habituales en esta democracia quedarían del lado en la agenda ante la “amenaza” intangible

¿LA VUELTA A LA NORMALIDAD?

En Chile, durante los levantamientos del año pasado y comienzos de este, corrían fotos de un grafiti que decía: “No volveremos a la normalidad, porque la normalidad era el problema”. Hoy, al conflicto social se agrega el sanitario además del estado de excepción con militares en las calles otra vez y toque de queda, como en octubre pero bajo el argumento del “enemigo invisible”, ya no la “extraterrestre”. Vivir lo mismo en todas partes del mundo simultáneamente es inédito: en la historia no hay cuarentena que haya abarcado a tantos países a la vez. Estos eventos pasaban cada 100 años, volviendo obsoletos a muchos discursos. Pero, ¿qué sucedería si en vez de 100 fueron 50, tan sólo 10? 

La excepcionalidad, que ahora saca a relucir limitaciones y defectos de las reglas, se convertiría en la Regla. El abuso policial, la precarización laboral, la violencia de género (14 femicidios en 16 días de aislamiento), los movimientos sociales tan habituales en esta democracia quedarían del lado en la agenda ante la “amenaza” intangible, letal e impronosticable. El mundo en el que vivimos sigue siendo el mismo pero en un nuevo marco -de relaciones sociales- que nos obliga a repensar lo cotidiano.

Comentarios

comentarios