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El capitalismo y su consecuencia más remozada (el neoliberalismo) se está pudriendo, pero esa descomposición no es necesariamente síntoma de su final. En estas últimas semanas distintos países de América Latina, de una u otra manera, han expresado este estado de las cosas. Primero en Ecuador, luego Chile y ahora Bolivia. Si bien en otros países, como Argentina y Brasil, la situación no ha alcanzado semejante nivel de conflicto, hay una latencia insoslayable más allá del re-acomodamiento de fuerzas, en el caso del país que nos toca habitar.

Es ineludible el recuerdo de la Liga Patriótica en la Argentina de siglo XIX que persiguió y mató a anarquistas y comunistas o simpatizantes, incluso inocentes, como grupo paramilitar que complementaba el propio accionar del Estado. 

Un capitalismo en descomposición resulta el fermento para monstruosidades y aberraciones como el fascismo y el racismo que eclosionan tanto dentro como fuera del aparato represivo de los Estados como de ciertos sectores de la sociedad civil. Así, vemos cómo en Bolivia los policías y los denominados “comités cívicos” salen a las calles para agredir, violentar, saquear y matar a campesinos y aborígenes enfilados o simplemente acusados de ser integrantes del Movimiento Al Socialismo (MAS), espacio político encabezado por el depuesto presidente Evo Morales, que ayer obtuvo asilo en México ya que su vida corría riesgo, al igual que miles de compatriotas que no gozan de la misma relevancia de su investidura. Mientras tanto, en la ciudad de La Paz, se autoproclamó presidenta interina la senadora Jeanine Añez, quien asumió sin  reunir quórum en el Congreso, rodeada de militares y con la biblia en la mano.

En Chile, la paradójica figura de los “Chalecos Amarillos” (en las antípodas de aquellos que llevaron a cabo también este año una formidable lucha en Francia) expone la reacción de los sectores de clase media alta (pequeña burguesía) que armados con palos y bates se agrupan y agreden a cualquiera que les resulte sospechoso.

Es ineludible el recuerdo de la Liga Patriótica en la Argentina de siglo XIX que persiguió y mató a anarquistas y comunistas o simpatizantes, incluso inocentes, como grupo paramilitar que complementaba el propio accionar del Estado. Hoy pareciera que el país está exento de semejante virulencia pero potencialmente están dadas las condiciones, sólo resta que agrupaciones fascistas como Segunda República, Vanguardia Nacionalista o Bandera Vecinal consigan un candidato anti-sistema. En las elecciones 2019 la extrema derecha consiguió posicionar a dos de ellos: Espert y Gómez Centurión.  El “pacto social” o “gran acuerdo” que logró la fórmula Fernández- Fernández no sólo evitó la continuidad de la política neoliberal de Macri, sino que re-ordenó el tablero político y puso bajo un mismo paraguas al amplio espectro de los movimientos sociales: así, el espíritu de lucha y autonomía del movimiento piquetero en auge desde 2001 terminó sentando las bases para una nueva consolidación de un poder fiel al pragmatismo y la doctrina peronista, con un claro eje vertebrador en la figura del Papá.

Hoy Bolivia y Chile son nuestras referencias regionales: en ambos territorios hay una lucha incesante por retener las reivindicaciones obtenidas y conquistar nuevos derechos.

Quizás este diciembre llegue con una inusitada tranquilidad. Quizás para muchxs ello resulte un alivio o una necesaria pausa para reunir nuevas fuerzas, pero el proceso resulta inevitable. Si miramos a Brasil, que es el ejemplo con Bolsonaro de cómo un candidato marginal puede convertirse en presidente a salida de la cárcel, es sumamente significativo: un contrapeso necesario ante la escalada de la nueva derecha. Y en ese sentido, parecería que allí se está más próximo a un escenario como el de Argentina que al de Bolivia o Chile.

Sea como fuere, la mirada debe ser regional e incluso global. Hace 30 años caía el muro de Berlín y con la biopoliridad del mundo: el capitalismo ganó esa batalla, no sin ayuda de la decadencia soviética, y se extendió por todo el planeta como la única lógica. Hoy nadie puede decir que está fuera del sistema de producción capitalista, que no consume a diarios mercancías o espectáculos, que no entre y sale de Internet decenas de veces las 24 horas los 7 días de la semana. Hoy el imperialismo se ha convertido en imperio y los valores universales se han desmoronado. Eso explica, en parte, la notoria y alarmante emergencia y consolidación de los populismos de derecha.

Así, hace unos días en España, Vox superó a Podemos en cantidad de votos y se convirtió en la tercera fuerza. China es sin dudas la paradójica referencia de todo este proceso, lo maleable del capitalismo, su adaptabilidad a casi cualquier condición donde esté habilitada la explotación capital-trabajo, poco importa si el gobierno dice ser socialdemócrata o comunista (y hay que considerar también la posibilidad de que más temprano que tarde se denominan feministas). Nada cambia si la fuerza de trabajo de hombres, mujeres y otres siga siendo explotado por la empresa transnacional o el estado comunista.

Sí, debemos defender y luchar por esta democracia (que en Argentina lleva 36 años), pero siendo conscientes de que lo hacemos porque allí siempre habrá mejores condiciones para el verdadero cambio social y la libertad de la humanidad.

Hoy Bolivia y Chile son nuestras referencias regionales: en ambos territorios hay una lucha incesante por retener las reivindicaciones obtenidas y conquistar nuevos derechos. En ambos es el capitalismo y su dinámica extractivista que le sirve de telón de fondo. El desgaste de los gobiernos (sean progresistas o neoliberales) hace pensar que para esta forma de producción -que convierte a las personas en mercancías, meras cosas intercambiables por dinero- no importa la democracia tal como viene siendo sostenida desde el final de las dictaduras en la región, amparadas y fogoneadas por Estados Unidos, potencia que -en años venideros- sucumbirá su poder hegemónico frente a otro estado: China.

Si nuestra lucha es por la libertad de todxs y de los pueblos y de la propia madre Tierra, debemos comprender que el enemigo es el capitalismo.

Sí, debemos defender y luchar por esta democracia (que en Argentina lleva 36 años), pero siendo conscientes de que lo hacemos porque allí siempre habrá mejores condiciones para el verdadero cambio social y la libertad de la humanidad. Democracia y dictadura –como plantean lxs anarcos italianos– no son más que los extremos alternos en los que el Estado –como garante del capitalismo– fluctúa dependiendo del momento histórico y la correlación de fuerzas.

Si nuestra lucha es por la libertad de todxs y de los pueblos y de la propia madre Tierra, debemos comprender que el enemigo es el capitalismo y que en su actual fase, frente al avance de la lucha popular en sus múltiples expresiones, encuentra en el neofascismo xenófobo y machista que estamos presenciando en Bolivia y también en Chile (basta recordar la violencia de los carabineros contra el pueblo Mapuche o las violaciones a mujeres secuestradas) la respuesta política que cataliza el descontento y la frustración de sectores de clase media/alta (pero también de otrxs) con los políticos del establishment. En Argentina son los grupo Pro Vida que el año pasado agredieron a las militantes del aborto legal.

Esto ha sido un esbozo, apurado y urgente, del mapa de la cuestión. Ahora hay que continuar la lucha organizándose en todos los territorios (reales y virtuales) que habitamos como individuos y colectivos.

Solidaridad con el pueblo de Bolivia y Chile. Su lucha nos ilumina el camino a seguir.

Fotografías: Frente Fotográfico Chile

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